A Martín Arnal es imposible no admirarlo. No es, desde luego, el único, pero forma parte de esa legión , diezmada ya, de hombres y mujeres que recuerdan con lucidez, que enamoran con su sencillez, que contagian su tranquilidad en el hablar y su claridad en el pensar, que emocionan las escasas ocasiones en las que su voz se quiebra, que enamoran con su ejemplo de vida ...
Inicia su relato con brillo en los ojos; inicia su narración con el entusiasmo del niño - hombre (quince años tan sólo; desde los once trabajando fuera de casa y pasando miedo por los campos oscuros en la noche de Angüés) que decide, con el resto de sus vecinos, recoger las cosechas en comunidad ("no se hablada de colectivización", recuerda) para no morirse de hambre. La juventud del pueblo, unos treinta, detenidos y/o fusilados; cuatro críos y cuatro viejos organizados (según cuenta) que se reúnen en la plaza, escuela o iglesia para formar esa colectividad de oficios varios que acepta que algunas personas decidan no entrar en el proyecto, siempre y cuando trabajen ellos mismos y sus familias, y no admitiendo la explotación del hombre por el hombre. El dinero queda abolido. Los equipos de trabajo se crean y se elige al compañero ("compañero; no jefe, que eso de los jefes se acabó", indica Martín) que cada día da cuenta del trabajo realizado. Sigue Martín: "
No hay paro; a cada cual se le busca el trabajo que puede hacer. Y,¡de pronto!, todos somos ricos. Sin dinero, pero ricos, con los silos llenos. Las familias con reservas cárnicas en sus casas, cerdo y gallinas, que permitían una indepencia importante. Y, por supuesto, con respeto a las costumbres familiares. Y con comedores colectivos, ejemplo de solidaridad con los combatientes que por allí pasaban".
"Nos hicimos ricos; en mercancías y en dignidad", termina Arnal.
Alejandro afirma que en estas épocas de crisis es cuando más se nota la importancia de la historia; es cuando, al echar la vista atrás, vemos que han sucedido etapas similares anteriormente y que se puede enfrentar estas situaciones aprendiendo de lo ya vivido. También aborda el tema de la estrecha relación que debe unir historia y otras ciencias humanas tales como etnología, etnografía o antropología. Explica Díez el título de su libro tomado de un escrito en la primavera del 37 por un periodista castellonés que escribía en El Sol que definió a estas gentes como cimentadoras, con su trabajo, de un mundo posterior llamado a no derrumbarse nunca. Trabajaban, en suma, para la eternidad; para generaciones y generaciones que vendrían después.
Llegado a este punto, se remonta Alejandro años atrás de los hechos objeto de su análisis, llegando a la figura de Joaquín Costa, personaje del que es un auténtico especialista. Observa que, en su momento, era habitual en las tertulias populares que sus ideas fueran comentadas y discutidas y relata como esa semilla germinaba entre gentes de toda clase. Y de cómo esa frágil plantita iba fortaleciéndose e influyendo en personas que fueron clave tiempo más tarde.
Reflexiona también acerca de la rapidez con la que se vivía en aquella época, del precoz despertar adolescente, de la entrada en el mundo adulto a edades tempranas y, ¿cómo no? también acerca de la corta esperanza de vida que les obligaba a tomar dcisiones que hoy se dilatan en el tiempo. Asistían pocos años a la escuela; pero las escuelas de entonces no eran como las de ahora. Tampoco los maestros, acostumbrados a desarrollar las capacidades de sus alumnos en tiempos récord. Parte de ese aprendizaje lo componía la lectura de "El colectivismo agrario",de Costa.
Afirma Alejandro también que las colectivizaciones fueron , en esencia, una especie de gérmene de la seguridad social. Recuerda que Binéfar disponía de un hospital dotado con los elementos médicos más modernos en su época; incluso comparte la existencia de una carta remitida a Federica Montseny donde se le insta a dotar, por los medios más rápidos, de un aparato de rayos X para el mismo.
Y, para terminar, Alejandro relata lo sucedido en Azuqueca , en una finca baldía propiedad del Conde de Romanones utilizada para críar caballos de raza para la exportación. Durante la guerra, el dueño huye a Biarritz y la finca es colectivizada; al volver se la encuentra mejorada hasta un punto tal que pide ser entrevistado con el "capataz" artífice de aquello. El "capataz, encarcelado rehúsa la ofeta de hacerse cago de la misma, argumentando que no ha sido trabajo suyo, que ha sido un esfuerzo colectivo.
Finalizadas las intervenciones "formales", es el momento del contrapunto musical que, como en otras tantas ocasiones, lo ponen miembros de "Los Gaiteros de La Tierra Plana" y que acompaña el debate espontáneo y la confraternización en torno a un picoteo sobrio, cordial y sin protocolos; al anarcosindicalista modo.
Fuera, las negras tormentas de uno de los más bellos cantos de libertad hace rato ya que atruenan; pero esta noche, las barricadas pueden esperar. Porque hombres y mujeres que, con distintas etiquetas o sin ellas, aman lo mismo están compartiendo unas horas de compañía: porque, a veces, ese deber que es ir contra el enemigo, puede sustanciarse en visitar un local, estrechar unas manos y sentirse parte de un movimiento de emancipación centenario al que debemos buena parte de las cotas de libertad conquistadas.
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