De reyes, reinas y reinonas

Hay quien piensa que el debate Monarquía-República es algo arcaico y fuera de lugar. Hay quien, no sin cierta razón, opina que "históricamente, la República aparece (dejando de lado todos los antecedentes del mundo clásico, medieval o moderno), como el sistema opuesto a la Monarquía absoluta de derecho divino. Su origen hay que situarlo en el largo periodo de liquidación del Antiguo Régimen que de forma desigual, recorrió toda Europa a lo largo del Siglo XIX. Ahora bien, con la progresiva implantación del sistema de gobierno parlamentario y del régimen político democrático, las diferencias entre Monarquía y República se fueron disolviendo a lo largo del siglo XX. Es más,en la actualidad, los aspectos contenidos en ambas formas de gobierno (Monarquía y República) se han relativizado al sistema de gobierno -por ejemplo parlamentarismo- y al régimen político -autoritario o democrático-, de suerte que las diferencias esenciales entre las Monarquías y Repúblicas parlamentarias se desvanecen.Por lo tanto, el tópico según el cual que la Jefatura del Estado sea un cargo electo y no hereditario es una forma que supone mayor grado de democracia, de igualdad y de libertad es completamente falso. Hoy en día encontramos las políticas socialmente más "avanzadas" y con mayor grado de democratización, igualdad y libertades en países como Holanda o Suecia, ambas Monarquías".

Pués bien, el que esto suscribe entiende que plantear este debate en esos términos es simplificarlo.
Y lo piensa porque entiende que la perpetuación de una institución como la monárquica es, no sólo un anacronismo, sino el vergonzoso mantenimiento de una fosilizada concepción de la sociedad que mantiene su ser en la desigualdad de los ciudadanos (nobleza y plebe), en la discriminación sexista y en, definitiva, en un neovasallaje que se concreta no sólo en la profusión de besamanos y reverencias varias sino que tiene su cúlmen en un tratamiento acrítico tanto de la institución en sí misma como en las acciones y/o omisiones atribuidas a la familia real.

Aún hoy luchamos por un derecho cuya conquista deparará todavía episodios muy duros en un futuro cercano, el derecho a ser diferentes. Ese derecho a la diversidad, a ser distinto a otro, lleva en esencia otro incrustado: el derecho a ser iguales ante la ley.Quiero creer que muy lejos quedan los tiempos en que las personas eran juzgadas no sólo en función sus actos sino también de su cuna o status social.Pero no es así:la persistencia de la institución monárquica perpetúa la desigualdad.

Es cierto que el modelo de Estado quedó refrendado al ser votada mayoritariamente la Constitución Española de 1.978; y es bien cierto que fue un instrumento de normalización y avance en su momento histórico. No es menos cierto que no deja de ser un pacto, un contrato entre españoles y que, como cualquier norma, puede ser reformada o actualizada. Pero también es cierto que la pervivencia o no de la forma actual de Estado no parece ser uno de los problemas prioritarios del ciudadano español. Lo cual, por otra parte, no implica que no se deba reabrir el debate.

Debate que debiera partir de una premisa clara: Cuando hablamos de República y republicanismo, ¿a qué nos referimos exactamente? ¿Al republicanismo selectivo de Josep Lluís Carod Rovira o al oportunista de Iñaki Anasagasti?¿Al folklóriko de los que organizan homenajes al oso que mató a Fabila o al emotivo de los que aún andan removiendo cunetas para encontrar unos restos a los que honrar?¿Al leal de Diego Martínez Barrio o al conspirador de Gonzalo Queipo de Llano? ¿A la República de la educación para todos o a la que fue incapaz de atajar el cantonalismo promovido por algunos de sus propios líderes?

Pienso que desterrar una institución basada en la existencia de una clase social privilegiada por simple hecho de cuna está bien; y también pienso que existen ideologías, y personas que las encarnan, junto a las que no quiero compartir posiciones, ni siquiera estratégicas. Yo me entiendo.